“Seamos sinceros: esta es una buena economía”. Esto declaraba Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal, en su rueda de prensa del miércoles tras la última reunión sobre política del banco central. Y tiene razón, aunque la opinión pública no esté del todo convencida. De hecho, Powell lidia claramente con un dilema que muchos países desearían para sí: ¿cuál es la política monetaria adecuada cuando las noticias son buenas en casi todos los frentes?

En contra de lo que posiblemente hayan oído, esta no es una “economía Ricitos de Oro”; ¡apréndanse bien los cuentos infantiles, amigos! Ricitos de Oro encontró un cuenco de gachas que no estaba ni demasiado caliente ni demasiado frío. Nosotros tenemos una economía que está a la vez muy caliente (en lo que se refiere a crecimiento y creación de empleo) y refrescantemente fría (en cuanto a la inflación).

De ahí el dilema de la Reserva Federal. Aumentó los tipos de interés para intentar reducir la inflación, aun a riesgo de provocar una recesión. Ahora que la inflación se ha desplomado, ¿debería revertir rápidamente esas subidas de tipos, o debería mantenerlos altos porque, de hecho, no hemos experimentado una recesión (todavía)?

Creo que el riesgo de una desaceleración económica es mucho mayor que el de un repunte inflacionista y que las bajadas de tipos deberían producirse más pronto que tarde. Pero no es ese el tipo de discusión que va a dirimirse en las páginas de opinión. De lo que quiero hablar es más bien de lo que las buenas noticias económicas dicen sobre la estrategia y la política.

Antes de entrar en materia, un breve resumen de las buenas noticias de las últimas semanas. En primer lugar, la inflación. Por razones históricas y técnicas, la Reserva Federal aspira a una inflación del 2%; en los últimos seis meses, su indicador de precios preferido ha subido a un ritmo anual del… 2%. La inflación “subyacente”, que excluye los volátiles precios de los alimentos y de la energía, se ha situado ligeramente por debajo del objetivo.

La Reserva también se fija en el crecimiento salarial, no porque los trabajadores hayan causado la inflación, sino porque los salarios suelen ser la parte más peliaguda cuando suben los precios y, por tanto, un indicador de si la desinflación es sostenible. Pues bien, el miércoles, el Índice de Coste Laboral se situaba por debajo de las expectativas y ahora es más o menos acorde con el objetivo del banco central. El jueves supimos que la productividad ha aumentado rápidamente, por lo que los costes laborales unitarios son fácilmente compatibles con una inflación baja.

Es cierto que los precios no han vuelto a bajar, pero es normal que se produzca una subida puntual tras una perturbación importante, como la vuelta a una economía de paz tras la Segunda Guerra Mundial o una pandemia que paralizó temporalmente la actividad normal.

Por último, el PIB real creció un sólido 3,3% en el cuarto trimestre, lo que hace que todas esas predicciones de una recesión en 2023 parezcan aún más absurdas.

Como suele ocurrir cuando hay un demócrata en la Casa Blanca, los sospechosos de rigor ponen en entredicho los datos oficiales. Pero la fortaleza del mercado laboral y la caída de la inflación se ven confirmadas por numerosas encuestas independientes a consumidores y empresas.

Así pues, todo son buenas noticias. Podría decirse que esta es la mejor economía que hemos tenido desde finales de la década de 1990.

¿Qué dice todo esto sobre la política?

Aunque algunos en la izquierda se nieguen a creerlo, el presidente Joe Biden ha gastado mucho dinero en prioridades progresistas. Muchos escépticos, entre ellos algunos demócratas, predijeron que este gasto tendría efectos catastróficos. Tal vez el comentario más famoso sea el de Larry Summers, un alto cargo en las administraciones de Clinton y de Obama, que calificó el Plan de Rescate Estadounidense de 2021 como la política fiscal “menos responsable” de los últimos 40 años.

Efectivamente, sufrimos un repunte puntual de la inflación, pero también lo hicieron otros países avanzados, y Estados Unidos ha superado ampliamente a sus homólogos en otros aspectos, probablemente debido en parte a que el gasto de Biden ha impulsado el crecimiento y el empleo. Ahora que hemos logrado lo que aparenta ser un aterrizaje suave mejor que el de Ricitos de Oro, la bidenomía parece bastante buena en retrospectiva. A lo mejor, al final, las políticas económicas progresistas no llevan necesariamente al desastre.

¿Y qué hay de las consecuencias políticas?

Hubo un tiempo en que un presidente que dirigiera una economía como la que tenemos actualmente habría estado muy bien posicionado para la reelección. Pero vivimos en una época de hiperpartidismo, en la que la situación de la economía parece influir mucho menos en las elecciones que hace unas décadas. De hecho, muchos votantes —sobre todo republicanos— parecen basar su evaluación de la economía en sus opiniones políticas y no al revés. En medio de todas las buenas noticias que acabo de exponer, el 71% de los republicanos afirman que la economía está empeorando, mientras que solo un 7% cree que está mejorando.

Por eso no creo que Biden cabalgue hacia una victoria fácil gracias a su éxito económico. Pero la economía va lo suficientemente bien como para que Donald Trump esté insistiendo otra vez en que las cifras del paro son falsas y afirmando, absurdamente, que, por alguna razón, hay que atribuirle a él el mérito de la subida del mercado de valores.

Y se ha producido un cambio perceptible en el mensaje de los republicanos, que ha pasado de la economía (aunque siguen afirmando que es terrible) a la inmigración; otro día hablaré de su estrategia extraordinariamente cínica sobre este tema. Por ahora, la cuestión es que Powell tiene razón: esta es una buena economía.

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